¿Cómo hacer la revolución?


Dice la Real Academia Española “4. f. Cambio rápido y profundo en cualquier cosa”. Hoy por hoy ser revolucionario es tener un discurso optimista, reírse, juntarse, ser modelo.

Profundizo.

#1 Para cambiar algo, antes debe haber un paradigma, una constante que variar. ¿Cuál es el actual? Si nos detenemos a escuchar cualquier conversación el resumen es que no hay salida, que nada va a cambiar, que hagamos lo que hagamos siempre hay alguien (el gobierno, la vida, el clima, la economía) que nos hará miserables, que todo tiempo pasado fue mejor y que el futuro es oscuro.

Por otro lado, estamos ante una nueva generación que prefiere encerrarse, en lugar de juntarse se comunica en una pantalla, que escribe je je je mientras tienen un rictus serio y se caracteriza por la flojera, las pocas ganas de hacer cosas. No es casual. Desde que nacieron no paran de escuchar que no hay futuro, entonces ¿Por qué tendrían ganas de algo si no tiene sentido?

Por eso la primera revolución es tener un discurso que inspire una posibilidad, una opción, una luz. Explicar que realmente sí las personas hacen la diferencia y que sí es posible un mundo mejor gracias a sus ideales y acciones. Un futuro prometedor en lugar de infame. ¿De qué forma nos referimos al presente y al futuro en nuestro cotidiano?

#2 También existen los jóvenes que quieren cambiar las cosas, que se mueven, que participan. Improvisan, porque les falta experiencia y, por sobre todo, modelos que les allanen el camino, que les ofrezcan herramientas efectivas para sus proyectos e ideas. Inventan la rueda nuevamente porque no tienen registro de que ya existe.

Ahí está el segundo paso revolucionario, convertirse en maestro, acompañarlos, potenciarlos, buscar el encuentro generacional que intercambie experiencia con la fuerza irrefrenable de la juventud.

¿Qué ven las nuevas generaciones en nosotros digno de ser emulado?

#3 Si nos detenemos en los discursos cotidianos el clima es de impotencia, de entrega, de furia, de frustración, de caras largas. Basta con ir a un encuentro familiar y ver si de verdad nos estamos riendo. ¿Cuánto espacio le damos a la risa y cuánto a la queja? Refunfuñar es fácil, el humor es difícil. Implica un gran ejercicio de espontaneidad, de rapidez mental, de asociaciones abstractas, de creatividad. Además, son necesarias dos personas para que el humor suceda y el encuentro es crucial, es liberador. Cada vez nos juntamos menos, se achican los espacios naturales de intercambio, se enrejan las plazas, se cambian las reuniones por los chats y los trabajos en equipo a distancia en lugar de las tres dimensiones, los largos encuentros de cumpleaños se limitan a salones con tiempo medido, está devaluado el tiempo de ocio con la culpa de considerarse improductivo. Allí, el punto revolucionario: promover la risa y los espacios compartidos de co-creación.

Las bibliotecas son, en suma, los espacios desde donde podemos comenzar la revolución, de pensar un mundo mejor, de crearlo, de intentarlo y, en el proceso, descostillarse de risa.


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